miércoles, 5 de octubre de 2016

El Trabajo


“…Y, ¿qué significa trabajar con amor?
Significa tejer el paño con hilos sacados de tu corazón, como si tu amado fuera a llevar ese paño.
Significa construir una casa con afecto, como si tu amado fuera a vivir en esa casa.
Significa sembrar las semillas con cariño y cosecharlas con alegría, como si tu amado fuera a comer las frutas.
Khalil Gibran, “El Profeta”

Con toda probabilidad, la primera imagen que se nos viene a la mente al hablar del trabajo es la del castigo.  Ya decir “trabajo de parto” implica dolor, ¡mucho dolor! Si tuviéramos dudas sobre la posibilidad de que la relación entre ambas palabras sea casual, entonces veamos en francés, “Travail” traduce al español como trabajar y también parir. Pero la referencia que probablemente sea más universal al respecto es la que aparece en Génesis 3:19, «Con el sudor de tu frente comerás tu pan hasta que vuelvas a la tierra, pues de ella fuiste sacado.» en la que se relaciona trabajar con el pecado original y que acompañado del dolor señala el camino de la vida humana sobre la tierra.

Sin embargo, hay infinidad de referencias en las Escrituras que confirman que el trabajo es bendito. La principal, a mi modo de ver, es la idea de que somos hechos “a imagen y semejanza” de Dios,  con lo que recibimos de Él la autoridad sobre todas las especies del mundo. Esta herencia, en la que nos inspira a toda la Humanidad, entre otras cosas su carácter creador, solamente puede servir al hombre mediante el trabajo.

Este debe cumplir, según la doctora Linda Paz Quezada en su trabajo "Ámbitos de Desarrollo Profesional / La Familia en el Siglo XXI", al menos tres funciones:
  • Ser fuente de realización personal,
  • Ser instrumento de integración social y
  •  Ser vía de acceso a la renta.

Tres elementos que sin duda dignifican al hombre y a la familia y, por consiguiente, a la sociedad.  El salario, que asegura la vida y la salud de los trabajadores y su familia, y el respeto de los derechos del hombre, constituyen la condición fundamental para la paz.

Esta dignificación del trabajo es tema principal de la  Carta Encíclica Laborem Exercens, donde el Papa San Juan Pablo II, el 14 de septiembre de 1981,  describe la profunda relación del hombre con el trabajo desde los ojos de la Iglesia Católica, remarcando que las ideologías han tratado a los seres humanos como instrumentos de producción y no como personas sujetos de trabajo o  como mercancía sujeta al mercado de la oferta y la demanda.

De igual forma, se explica en la Encíclica que una de las consecuencias naturales del trabajo es la propiedad y se profundiza un poco más al respecto, explicando que en ese proceso el hombre se apropia en pequeñas partes de los recursos y riquezas de la naturaleza, para convertirlos en su puesto de trabajo; ­ por esa razón, se corrobora que todo el esfuerzo de la Iglesia en enseñar acerca de la propiedad es con la finalidad de asegurar la primacía del trabajo y del hombre en la vida social, específicamente en el proceso económico, haciendo  inaceptable la postura del capitalismo que defiende el derecho exclusivo a la propiedad privada de los medios de producción.


Por su parte, rechaza la indigna utilización de las necesidades del hombre como banderas políticas para el logro de poder, estrategias usadas típicamente por socialismo y comunismo desde los inicios de luchas de clases  (Marx y de Engels).

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