
Significa
tejer el paño con hilos sacados de tu corazón, como si tu amado fuera a llevar
ese paño.
Significa
construir una casa con afecto, como si tu amado fuera a vivir en esa casa.
Significa
sembrar las semillas con cariño y cosecharlas con alegría, como si tu amado
fuera a comer las frutas.
”Khalil Gibran, “El Profeta”
Con toda probabilidad, la primera imagen que
se nos viene a la mente al hablar del trabajo es la del castigo. Ya decir “trabajo de parto” implica dolor,
¡mucho dolor! Si tuviéramos dudas sobre la posibilidad de que la relación entre
ambas palabras sea casual, entonces veamos en francés, “Travail” traduce al
español como trabajar y también parir. Pero la referencia que probablemente sea
más universal al respecto es la que aparece en Génesis 3:19, «Con el sudor de tu frente
comerás tu pan hasta que vuelvas a la tierra, pues de ella fuiste sacado.» en
la que se relaciona trabajar con el pecado original y que acompañado del dolor
señala el camino de la vida humana sobre la tierra.
Sin embargo, hay infinidad de referencias en
las Escrituras que confirman que el trabajo es bendito. La principal, a mi modo
de ver, es la idea de que somos hechos “a imagen y semejanza” de Dios, con lo que recibimos de Él la autoridad sobre
todas las especies del mundo. Esta herencia, en la que nos inspira a toda la Humanidad,
entre otras cosas su carácter creador, solamente puede servir al hombre
mediante el trabajo.
Este debe cumplir, según la doctora Linda Paz
Quezada en su trabajo "Ámbitos de Desarrollo Profesional / La Familia en
el Siglo XXI", al menos tres funciones:
- Ser fuente de realización personal,
- Ser instrumento de integración social y
- Ser vía de acceso a la renta.
Tres elementos que sin duda dignifican al
hombre y a la familia y, por consiguiente, a la sociedad. El salario, que asegura la vida y la salud de
los trabajadores y su familia, y el respeto de los derechos del hombre,
constituyen la condición fundamental para la paz.
Esta dignificación del trabajo es tema
principal de la Carta Encíclica Laborem Exercens, donde el Papa San Juan Pablo II, el 14 de septiembre de 1981, describe la profunda relación del hombre con
el trabajo desde los ojos de la Iglesia Católica, remarcando que las ideologías
han tratado a los seres humanos como instrumentos de producción y no como
personas sujetos de trabajo o como
mercancía sujeta al mercado de la oferta y la demanda.
De igual forma, se explica en la Encíclica que
una de las consecuencias naturales del trabajo es la propiedad y se profundiza
un poco más al respecto, explicando que en ese proceso el hombre se apropia en
pequeñas partes de los recursos y riquezas de la naturaleza, para convertirlos
en su puesto de trabajo; por esa razón, se corrobora que todo el esfuerzo de
la Iglesia en enseñar acerca de la propiedad es con la finalidad de asegurar la
primacía del trabajo y del hombre en la vida social, específicamente en el
proceso económico, haciendo inaceptable
la postura del capitalismo que defiende el derecho exclusivo a la propiedad
privada de los medios de producción.
Por su parte, rechaza la indigna utilización
de las necesidades del hombre como banderas políticas para el logro de poder, estrategias
usadas típicamente por socialismo y comunismo desde los inicios de luchas de
clases (Marx y de Engels).

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