jueves, 6 de octubre de 2016

Animal Político



Aristóteles y la Forma Ideal de Gobierno.

Para Aristóteles,  el hombre es un animal político. De esta afirmación se puede interpretar que lo que nos diferenciaría de los animales son las habilidades o capacidades “políticas”. No quiero ser muy pragmático,  pero creo que esto se podría ilustrar diciendo que el hombre es ese animal que puede, quiere y necesita vivir en relación con el Estado. Evidentemente,  esta aseveración deja mucho por fuera; sin embargo, es una inmensa aproximación al valor que tiene para la Humanidad el hecho de vivir organizados y regulados en sociedad.

La existencia de constituciones políticas en casi todos los países y, especialmente, el hecho de que el preámbulo de casi todas estas constituciones represente la sumisión a la Ley Natural,  es un indicio de que el Estado es una forma de asociación ideal que, como también decía Aristóteles, debe servir para la superación del hombre.

Si tienes sospechas respecto a que el Estado no es el espacio desde el cual las mujeres y hombres del planeta nos podemos desarrollar, o que al menos esa es su función primera, entonces observa la belleza de este extracto del preámbulo de la Constitución Política vigente de la República de Guatemala, que no deja espacio a la duda sobre el carácter progresista y evolutivo del Estado en la Humanidad, “…afirmando la primacía de la persona humana como sujeto y fin del orden social; reconociendo a la familia como génesis primario y fundamental de los valores espirituales y morales de la sociedad y, al Estado, como responsable de la promoción del bien común…”

En este punto conseguimos que el Estado es causa y consecuencia del desarrollo integral del hombre, que es por naturaleza social. En resumen, el Estado es una realidad natural considerada comunidad perfecta, ya que nos abastece del bien común y es necesaria para el desarrollo de todas las potencialidades de las personas por medio de las interacciones continuas de sus miembros.

La realidad hoy en día es que, si bien es verdad que necesitamos al Estado para desarrollar todas nuestras potencialidades y maximizar por ende nuestra calidad de vida, no existe una forma de gobierno íntegra que les garantice ese bienestar a todos sus ciudadanos, ni siquiera la esperanza de que al menos las cosas van mejorando.

Volviendo a Grecia, Platón proponía que una inmensa clase media escogiera a los gobernantes, para asegurar que no habría mucha brecha entre las clases más altas y más bajas; mientras que su alumno Aristóteles, un poco más democrático, pensaba que ricos y pobres también tienen derecho de elegir;  pero,  un gran pero,  los votos valen en relación a las propiedades del votante. De esta manera el voto de un pobre vale por uno pero el de un rico, digamos que mil, dependiendo de la magnitud de sus propiedades.

Si pensamos que esta búsqueda de la mejor forma de gobierno es nueva, estamos muy equivocados. Tampoco la tan alabada democracia ha sabido asegurar  una eficiente,  ni siquiera eficaz,  administración del Estado para satisfacer todas las necesidades de sus ciudadanos.

De esta onda de modernizar la democracia a través de consultas populares queda la duda sobre si es bueno que la totalidad del pueblo con edad para votar  tome las decisiones importantes del país;  igualmente,  si  los temas de alto impacto como la pena de muerte, el derecho al aborto; o temas técnicos como el caso de la utilización de semillas genéticamente modificadas, implican mucho más que popularidad, política y votos.


En fin, la democracia es perfectible como el hombre y si me preguntaran sobre la forma ideal de gobierno, sin ánimos de ser pesimista, diría que la democracia es la menos mala.

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