Aristóteles y la Forma Ideal de Gobierno.
Para Aristóteles, el hombre es un
animal político. De esta afirmación se puede interpretar que lo que nos
diferenciaría de los animales son las habilidades o capacidades “políticas”. No
quiero ser muy pragmático, pero creo que
esto se podría ilustrar diciendo que el hombre es ese animal que puede, quiere y
necesita vivir en relación con el Estado. Evidentemente, esta aseveración deja mucho por fuera; sin
embargo, es una inmensa aproximación al valor que tiene para la Humanidad el
hecho de vivir organizados y regulados en sociedad.
La existencia de constituciones políticas en casi todos los países y,
especialmente, el hecho de que el preámbulo de casi todas estas constituciones
represente la sumisión a la Ley Natural, es un indicio de que el Estado es una forma de
asociación ideal que, como también decía Aristóteles, debe servir para la
superación del hombre.
Si tienes sospechas respecto a que el Estado no es el espacio desde el cual
las mujeres y hombres del planeta nos podemos desarrollar, o que al menos esa
es su función primera, entonces observa la belleza de este extracto del
preámbulo de la Constitución Política vigente de la República de Guatemala, que
no deja espacio a la duda sobre el carácter progresista y evolutivo del Estado
en la Humanidad, “…afirmando la primacía
de la persona humana como sujeto y fin del orden social; reconociendo a la
familia como génesis primario y fundamental de los valores espirituales y
morales de la sociedad y, al Estado, como responsable de la promoción del bien
común…”
En este punto conseguimos que el Estado es causa y consecuencia del
desarrollo integral del hombre, que es
por naturaleza social. En resumen, el Estado es una realidad natural
considerada comunidad perfecta, ya
que nos abastece del bien común y es necesaria para el desarrollo de todas las
potencialidades de las personas por medio de las interacciones continuas de sus
miembros.
La realidad hoy en día es que, si bien es verdad que necesitamos al Estado
para desarrollar todas nuestras potencialidades y maximizar por ende nuestra
calidad de vida, no existe una forma de gobierno íntegra que les garantice ese
bienestar a todos sus ciudadanos, ni siquiera la esperanza de que al menos las
cosas van mejorando.
Volviendo a Grecia, Platón proponía que una inmensa clase media escogiera a
los gobernantes, para asegurar que no habría mucha brecha entre las clases más
altas y más bajas; mientras que su alumno Aristóteles, un poco más democrático,
pensaba que ricos y pobres también tienen derecho de elegir; pero, un
gran pero, los votos valen en relación a
las propiedades del votante. De esta manera el voto de un pobre vale por uno
pero el de un rico, digamos que mil, dependiendo de la magnitud de sus
propiedades.
Si pensamos que esta búsqueda de la mejor forma de gobierno es nueva,
estamos muy equivocados. Tampoco la tan alabada democracia ha sabido
asegurar una eficiente, ni siquiera eficaz, administración del Estado para satisfacer
todas las necesidades de sus ciudadanos.
De esta onda de modernizar la democracia a través de consultas populares
queda la duda sobre si es bueno que la totalidad del pueblo con edad para votar tome las decisiones importantes del país; igualmente, si los
temas de alto impacto como la pena de muerte, el derecho al aborto; o temas
técnicos como el caso de la utilización de semillas genéticamente modificadas,
implican mucho más que popularidad, política y votos.
En fin, la democracia es perfectible como el hombre y si me preguntaran
sobre la forma ideal de gobierno, sin ánimos de ser pesimista, diría que la
democracia es la menos mala.

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